Por: Alexis Manuel Da Costa
Hay algo que me viene dando vueltas desde hace tiempo: el crimen ya no se ve como algo lejano o malo, se está volviendo cotidiano.
No hablo de cifras, ni de estadísticas. Hablo de algo más incómodo: de cómo muchos niños y jóvenes están creciendo viendo la vida criminal no como un riesgo, sino como una opción.
Hace poco volví a ver una entrevista en el canal de Penitenciaria, conducido por Saskia Niño de Rivera. Ahí aparece Beto. Y más allá de su historia de la que ya se habló mucho, hay una frase que se te queda clavada:
“Si alguien me hubiera abrazado, tal vez hubiera sido diferente.”
No es una excusa. Es un contexto.
Porque a veces queremos reducir todo a decisiones individuales, como si cada quien eligiera en igualdad de condiciones. Pero no es así. No todos parten del mismo lugar. No todos crecieron con las mismas herramientas emocionales, ni con la misma idea de lo que está bien o mal.
El filósofo Michel Foucault decía que las sociedades no solo castigan el crimen, también lo producen. Y aunque suene duro, algo de eso estamos viendo: entornos donde la violencia se produce e incluso se hereda.
Y aquí es donde empieza lo incómodo.
Porque no todo es falta de oportunidades. También hay algo más: falta de aspiración.
Dinero rápido. Respeto inmediato. Poder sin proceso.
En muchos contextos, el que “lo logró” no fue el que estudió o el que se esforzó durante años… fue el que encontró un atajo. Y los jóvenes observan, comparan, deciden.
El sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de una modernidad donde todo es inmediato, donde el largo plazo pierde valor. Y en ese mundo, la vida criminal encaja muy bien .
A eso súmale la narrativa que consumen todos los días: series, música, redes sociales. Historias donde el crimen no siempre termina mal, donde incluso se vuelve aspiracional. No lo justifican, pero lo hacen visible, cercano y posible.
Lamentablemente esa narrativa no cuenta la realidad: vidas cortas, sufrimiento y deshumanización.
Ahí es donde la prevención debería entrar con fuerza. No solo como discurso, sino como intervención real, profunda, constante. Pero muchas veces se queda corta. No porque no exista, sino porque las políticas públicas aplicadas no logran conectar con la realidad que viven esos niños y jóvenes todos los días.
Se que no todo se va a poder corregir. No todas las historias van a cambiar. Pero muchas sí, si se llega antes.
Antes de que el respeto se confunda con miedo.
Antes de que el dinero fácil parezca la única salida.
Antes de que la violencia deje de doler.
Yo no creo que esto se resuelva con una sola estrategia ni con buenas intenciones. Pero sí creo algo: estamos llegando tarde a muchas vidas.
Y mientras seguimos discutiendo qué hacer, hay quienes ya decidieron sin que nadie los detuviera a tiempo, les mostrará el panorama completo o al menos se interesará por ellos.
El ego está ahí, es inevitable; hay que trabajar en nosotros para no ser narcisos modernos.
Por: Horacio Cano
El ego es una especie de caparazón; a veces nos escondemos en él para no enfrentar la verdad. Tan satanizado, hasta llegar a ser una especie de tabú. Claro, es una posición contraria a la humildad, porque en sí misma nubla la realidad. Lo cierto es que el ego es una actitud muy humana y tan vieja como la mitología griega. Esta nos presentaba a Narciso, un joven de belleza inigualable que, al inclinarse para beber de un manantial, quedó atrapado en su propio reflejo en el agua. Fue incapaz de dejar de admirar esa imagen, que no era más que una proyección de sí mismo. Narciso ignora el mundo, deja de comer, de beber y termina consumido en sí mismo.
Es tan humano y tan antiguo que está plasmado en el libro de Eclesiastés, ya lo he mencionado en este espacio: “vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Usar el superlativo (vanidad de vanidades) es la forma hebrea de absolutizar una realidad. Es la advertencia de que todo lo que perseguimos —el éxito, la fama, la inteligencia percibida— es un vapor, un aliento que se disipa. Es una invitación a darnos cuenta lo pequeños que somos, que pasamos y pasaremos desapercibidos por este mundo.
Ya en pleno siglo XX se siguió escribiendo al respecto. El mismísimo Sigmund Freud definió el ego (el yo) como ese mediador que intenta equilibrar nuestros impulsos más básicos con las exigencias de la realidad. De acuerdo con lo dicho por Jean Twenge, psicóloga de nuestros tiempos, nosotros, los millennials y la generación Z, somos mucho más narcisistas y egoístas que otras generaciones. ¿Por qué será? Será porque el manantial lo llevamos pegado 24/7 en forma de celular en nuestra bolsa.
Podemos señalar culpables; vaya, siempre es satisfactorio: aumenta nuestro ego y nos evade de la realidad. Además, hacen más interesante esta colaboración…flores a mi ego pues
El primero podrían ser las “benditas” redes sociales. La carrera por el like nos tiene vueltos locos. Lo inmediato —que es tan inmediato en esta época— hace insaciable la sed de reconocimiento. Después está el vacío y el síndrome de abstinencia de querer más aprobación de ese público digital. Quizá, solo quizá, a veces nos olvidamos de los que tenemos a un lado, que en teoría son a quienes más queremos. O peor aún, a hacer como si hiciéramos, a parecer ser como si fuéramos o tener como si tuviéramos.
Todos los que hemos estado en el servicio público y aspirado a algún puesto de elección popular pudimos haber caído en este exceso del ego que puede revelarse como narcisismo. Vaya, estamos expuestos a ello, pero no es excusa. A veces ese espejo de agua son nuestros colaboradores, “amigos”, periodistas y familiares. Nos llegamos a encerrar y ensimismar en lo que nos dicen. Llegamos a vivir en una realidad muy alterada, a creer nuestras propias mentiras y a cimentar el ego con ellas. ¡Terrible! Un verdadero círculo vicioso.
Los que escribimos —o presumimos que lo hacemos, o simplemente lo intentamos— debemos preguntarnos el “para qué”. Que el objetivo no sea recibir el elogio de un tercero, sea desconocido, muy amigo o medio familiar. Se vale ser reconocido, pero a veces hay que retomar la recta intención del escritor, que en todos los casos debe ser compartir ideas, información, pensamientos y así hacer comunidad.
Reconocer el ego, porque ahí está, existe y no podemos negarlo ni escondernos de él, es parte de nosotros. Debe ser el punto de partida para trabajar en nuestra propia piedra bruta, ese esfuerzo constante por quitar las aristas del orgullo, para que nuestra vida siga desarrollando esas virtudes de las que hemos platicado y que son tan necesarias para construir una mejor comunidad, creando verdaderos círculos virtuosos.
Apunte al aire
Aunque siempre ha sido al aire y esto es política, el apunte de esta semana no irá dirigido a aquellos políticos cuyo ego los ha convertido en narcisos modernos. ¿Para qué advertirlos de su mal? No hay que distraerlos en la contemplación de sí mismos. La distorsión de la realidad puede ser tal que algún día no sepan ni quiénes son en realidad.
Será indispensable para quienes hoy aspiran a un puesto de elección popular en Morena o en cualquier otro partido que tengan claro que el éxito no será de un hombre, sino de un proyecto, de un equipo. Y aunque el ego es esa sombra que nos acompaña a todos lados, debe ejercitarse la humildad, esa que quita los filtros —como de Instagram— que el ego pone a la realidad.