Por: Alexis Manuel Da Costa
Si algo tengo claro últimamente es que el mundo está en modo tensión. En Irán siguen protestas gigantescas contra el régimen y la gente está muriendo y siendo detenida en masa, mientras el gobierno no duda en cortar internet para apagar la voz de la calle. La represión es brutal y hay reportes de cientos de muertos y detenidos solo en estos días. El panorama es tan grave que el propio Trump está evaluando opciones de acción contra Irán por esa violencia y los choques políticos están al filo.
Y no es solo eso. El tema de Palestina no se fue a descansar después del cese al fuego. La tregua puede estar en papel, pero en la práctica la situación sigue siendo terrible: hay bloqueo, falta de ayuda humanitaria, recursos y condiciones de vida devastadas para miles de familias palestinas incluso después del alto al fuego, y la infraestructura civil sigue destruida.
Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania sigue siendo un tema de fondo que no se resuelve mágicamente. No hablamos de un conflicto que terminó, sino de tensiones reales con ataques y contraataques, amenazas de escalada y un ambiente geopolítico que parece cada vez menos estable.
Y luego está Venezuela, que todos sabemos ya que está en un punto crítico con la captura de Maduro hace poco —eso ha movido tensiones también hacia Cuba y la región completa —y Trump ya soltando declaraciones que suenan a amenazas de violar soberanías, incluso tocando temas que nos involucran directamente aquí en México.
Mirar todo esto por separado está bien como análisis, pero yo no puedo evitar verlo como un patrón: todo está conectado por una misma cuerda de tensiones que no se alivian, sino que se entrelazan. Hay conflictos que parecían “lejanos” que hoy tienen ramificaciones directas en decisiones políticas y militarización que pueden afectar a cualquiera.
Y lo que más me preocupa no es solo que el mundo está dividido entre “a favor de…” o “en contra de…”, sino que esa división ya está en todos lados: en Twitter, en conversaciones con familia y en las calles. Ya no es solo geopolítica de países lejanos, es polarización real en nuestras propias sociedades. Gente defendiendo o justificando intervenciones, otros protestando por soberanía, muchos atrapados en argumentos que no llevan a nada más que ruido continuo.
La verdad es esta: estamos viviendo un escenario donde la división no sólo está fragmentando países, sino influyendo en cómo pensamos y actuamos como sociedad y como familia. Eso es peligroso. No porque nadie tenga razón o no la tenga, sino porque cuando la división se vuelve regla, dejamos de ver el riesgo real que hay detrás de cada decisión política potente, de cada amenaza de intervención y de cada conflicto que no se resuelve.
No sé en qué momento nos acostumbramos a vivir así, con el mundo permanentemente crispado y nosotros aprendiendo a convivir con la tensión como si fuera normal.
Conflictos abiertos, amenazas veladas, países divididos y sociedades partidas en dos, siempre buscando a quién culpar y casi nunca cómo recomponer. Tal vez el mayor riesgo no sea la guerra que viene, sino la normalización del conflicto como forma de vida.
Y sí, como decía Mafalda, a veces dan ganas de pedir que paren el mundo… pero como no se va a detener, al menos vale la pena pensar qué lugar queremos ocupar antes de que la división termine por pasarnos encima.

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