Por: Alexis Manuel Da Costa
Hay temas que regresan una y otra vez, no porque estén de moda, sino porque siguen pendientes. La participación ciudadana es uno de ellos. Cada vez que la conversación pública parece estancarse, vuelvo a esa idea sencilla: las mejores decisiones casi nunca nacen lejos de la gente que va a vivir con sus consecuencias.
Recuerdo una lectura de Alexis de Tocqueville donde hablaba de cómo la fuerza de la democracia no estaba solo en las instituciones, sino en la costumbre de las personas de reunirse, dialogar y hacerse cargo de lo común. En ese momento lo leí como algo lejano, casi histórico. Hoy lo veo con claridad en lo local, en lo cotidiano, en cada intento de organización ciudadana que busca incidir, aunque sea un poco, en su entorno.
En los últimos años hemos visto cómo surgen cada vez más organismos ciudadanos, muchos de ellos especializados. Consejos vecinales, comités, observatorios, colectivos con conocimiento técnico y con experiencia directa. Esa combinación es valiosa porque acerca la toma de decisiones a la realidad que se vive en las calles, en las colonias, en las comunidades. No sustituyen al gobierno, pero lo acompañan, lo orientan y, en ocasiones, lo alertan.
Además, cumplen una función profundamente humana. En un contexto de cansancio social, de desconfianza y de hartazgo, estos espacios se convierten en lugares donde la ciudadanía puede expresar, proponer y construir. Como decía Paulo Freire, nadie transforma la realidad solo, y nadie la transforma sin diálogo. La participación ciudadana es, en esencia, ese diálogo organizado.
El dilema siempre estará presente. ¿Hacer lo que técnicamente parece correcto aunque no sea popular? ¿O seguir la voluntad de la mayoría aunque no siempre sea la mejor opción a largo plazo? No hay respuestas fáciles. Sin embargo, sí hay un punto en común: cualquiera de esas decisiones debe estar conectada con la vida real de las personas. Las políticas públicas que no entienden el contexto terminan fallando, aunque estén bien intencionadas.
Ahí es donde los consejos ciudadanos, los comités vecinales y los espacios de participación cobran sentido. Ayudan a que las decisiones no se queden en el papel, a que se contrasten con la experiencia diaria, a que se ajusten antes de que sea tarde. No garantizan unanimidad, pero sí mayor comprensión.
Creo que fortalecer la participación ciudadana no es solo una tarea institucional, es también una invitación. A escuchar más, a hablar con respeto, a entender que nadie tiene toda la verdad. Cuando la ciudadanía se sienta a la mesa, la política se vuelve más cercana, más real, más humana. Y quizá ahí, en ese encuentro, esté una de las claves para recuperar la confianza y seguir construyendo, juntos, el país que queremos.

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