Por: Alexis Manuel Da Costa
Hoy quiero hablarte de algo que, aunque suena técnico y lejano, en realidad nos va a tocar a todos más pronto de lo que pensamos: la llamada “inversión mixta” que está impulsando Claudia Sheinbaum.
Y no, no es un tema aburrido. Es, literalmente, el tipo de decisiones que terminan definiendo si un país crece… o se estanca.
Te lo digo como lo veo, sin rodeos: México está entrando en una nueva etapa. Durante años escuchamos que el Estado debía hacerlo todo, que lo público era suficiente. Pero la realidad —la que se vive fuera del discurso— es otra. Hoy el gobierno está reconociendo algo importante: no alcanza solo.
Y lejos de verlo como una debilidad, yo lo veo como una oportunidad.
Porque cuando se hace bien, la inversión mixta puede ser un motor brutal. Significa carreteras que sí se terminan, parques industriales que sí funcionan, energía suficiente para que lleguen empresas, empleos reales… y no promesas.
Significa entender que el crecimiento no es un asunto ideológico, es un asunto práctico.
Hoy México tiene una oportunidad histórica con el nearshoring. Empresas de todo el mundo están buscando instalarse aquí. Quieren estar cerca de Estados Unidos, quieren aprovechar nuestra ubicación, nuestra gente, nuestra capacidad.
Pero hay una condición: necesitan infraestructura.
Y ahí está el punto clave. Si no construimos rápido, esa oportunidad se va. Así de simple. No se queda esperando.
Por eso este giro —que algunos critican— en realidad puede ser una jugada inteligente. Abrir la puerta a la inversión privada no es rendirse, es acelerar.
Es entender que el desarrollo no se trata de quién tiene la razón, sino de qué funciona.
Claro que hay riesgos. Siempre los hay. México tiene historia en eso. Proyectos mal hechos, contratos dudosos, decisiones cuestionables. No se puede ignorar.
Pero también hay algo que a veces olvidamos: ya no estamos en el mismo país de hace 20 o 30 años. Hoy hay más vigilancia, más conversación pública, más presión social. Y eso cambia el juego.
La diferencia no va a estar en el modelo, sino en cómo se ejecute.
Si se hace con transparencia, con reglas claras y pensando en el largo plazo, esto puede detonar una etapa de crecimiento que llevamos años esperando.
Si se hace mal, sí, ya sabemos la historia.
Pero yo prefiero quedarme con lo que sí puede pasar si se hace bien.
Porque al final, esto no va de gobierno ni de empresas. Va de nosotros. De si vamos a tener mejores oportunidades, mejores ciudades, mejores condiciones para crecer.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que hay una puerta abierta.
La pregunta no es si el modelo es perfecto.
La pregunta es si vamos a ser capaces de hacerlo funcionar.
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