Por: Alexis Manuel Da Costa
Estas dos semanas que estuve de vacaciones pensé varias veces justo en la propuesta de que hubieran más vacaciones y de que el ciclo escolar terminara desde principios de junio. Vi a mucha gente molestarse, discutir, burlarse, defender una postura u otra, y mientras leía todo eso hubo algo que no dejaba de hacerme ruido.
Tengo la impresión de que la discusión nunca fue realmente sobre educación.
Porque si uno observa con cuidado, gran parte de la preocupación no parecía centrarse en el aprendizaje, sino en algo mucho más cotidiano y al mismo tiempo más profundo: qué hacer con los hijos durante tantas semanas.
Y no lo digo desde el juicio. Lo digo desde la realidad.
México se convirtió en un país cansado.
Hay padres que salen de casa antes de amanecer y regresan cuando los hijos prácticamente ya terminaron el día. Jornadas laborales interminables, estrés económico, ciudades hostiles, traslados absurdos y cada vez menos vida comunitaria. En medio de todo eso, la escuela dejó de ser únicamente un espacio de formación académica. También se volvió una estructura de contención social.
La escuela educa, sí. Pero también organiza el tiempo de millones de familias que ya no tienen margen para reorganizar nada.
Quizá por eso el debate se volvió tan emocional.
Porque en el fondo muchas familias no estaban pensando en pedagogía, rendimiento o métodos de aprendizaje. Estaban pensando en supervivencia. En cómo acomodar horarios imposibles dentro de una vida que ya funciona al límite.
Y eso revela algo mucho más delicado que un calendario escolar.
Durante años fuimos construyendo una sociedad donde la infancia quedó subordinada al ritmo de productividad de los adultos. Poco a poco desaparecieron muchas cosas que antes sostenían la convivencia cotidiana: el barrio, la calle, los espacios públicos, la red familiar cercana, el tiempo compartido. Hoy millones de niños crecen entre pantallas, encierro, tráfico, ansiedad y adultos agotados.
Entonces la escuela comenzó a absorber tareas que antes pertenecían a otros espacios de la vida social.
No solo enseña matemáticas o historia. También acompaña emocionalmente, contiene, vigila, organiza hábitos y, en muchos casos, ofrece la única estructura estable que algunos niños encuentran en su día a día.
Eso explica por qué cualquier modificación al calendario escolar provoca tanta tensión.
Porque tocar la escuela ya no significa únicamente tocar la educación. Significa alterar el equilibrio precario sobre el que muchas familias sostienen su vida cotidiana.
Y mientras discutimos si son muchas o pocas vacaciones, quizá estamos dejando fuera la pregunta más importante de todas: en qué momento normalizamos una sociedad donde convivir más tiempo con los hijos puede sentirse como un problema logístico.
Ahí es donde el tema deja de ser educativo y se vuelve profundamente social.
Porque tal vez el verdadero síntoma no es el calendario. El síntoma es el agotamiento colectivo de un país que cada vez tiene menos tiempo para su propia vida.
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