martes, 10 de febrero de 2026

Entropía - Municipios sin reglas.



Por: Alexis Manuel Da Costa

Hay una frase que muchos hemos escuchado alguna vez en un trámite municipal: “así se ha hecho siempre”. Suena familiar, incluso tranquilizadora, pero en realidad es una de las señales más claras de un problema profundo: la falta de reglamentación municipal clara y vigente en buena parte de los municipios de México.

En muchos ayuntamientos no existen reglamentos en forma. Los procesos se realizan sin una base jurídica propia, apoyándose en leyes supletorias, criterios internos o simples prácticas heredadas con el paso de los años. Todo parece funcionar… hasta que alguien pregunta por el fundamento legal de una decisión.

Ahí es donde empiezan los problemas. Sin reglamentación municipal, los ayuntamientos quedan expuestos. Cualquier acto administrativo puede ser impugnado, cualquier sanción puede terminar en un amparo, y muchas veces con razón. No porque haya mala fe, sino porque no hay reglas claras que respalden lo que se hace.

Pero el problema no termina ahí. Resulta igual de preocupante que, en municipios donde sí existen reglamentos, estos terminen siendo letra muerta. Reglamentos mal redactados, desactualizados, copiados de otros municipios o totalmente desconectados de la realidad local. Normas que nadie consulta, que nadie entiende y que, por lo mismo, nadie aplica.

Como suele decirse, una mala ley puede ser peor que no tener ley. Y cuando los reglamentos no reflejan cómo funciona realmente un municipio, lo único que provocan es que se gobierne al margen de ellos.

En estados como Puebla, por ejemplo, llama la atención que solo la capital cuente con un Código Reglamentario Municipal integral. Es difícil pensar que el resto de los municipios no necesiten reglas claras, ordenadas y adaptadas a su realidad cotidiana.

La reglamentación municipal no es un asunto técnico reservado a especialistas. Es una herramienta básica para dar certeza, ordenar procesos y proteger tanto a la autoridad como al ciudadano. Un buen reglamento no complica la vida: la hace más clara.

Gobernar también es poner reglas comprensibles y aplicables. Porque cuando no hay reglas, o cuando las que existen no sirven, gobernar deja de ser una tarea institucional y se convierte en improvisación. Y la improvisación, tarde o temprano, siempre termina pasando factura.

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