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martes, 10 de febrero de 2026

Entropía - Municipios sin reglas.



Por: Alexis Manuel Da Costa

Hay una frase que muchos hemos escuchado alguna vez en un trámite municipal: “así se ha hecho siempre”. Suena familiar, incluso tranquilizadora, pero en realidad es una de las señales más claras de un problema profundo: la falta de reglamentación municipal clara y vigente en buena parte de los municipios de México.

En muchos ayuntamientos no existen reglamentos en forma. Los procesos se realizan sin una base jurídica propia, apoyándose en leyes supletorias, criterios internos o simples prácticas heredadas con el paso de los años. Todo parece funcionar… hasta que alguien pregunta por el fundamento legal de una decisión.

Ahí es donde empiezan los problemas. Sin reglamentación municipal, los ayuntamientos quedan expuestos. Cualquier acto administrativo puede ser impugnado, cualquier sanción puede terminar en un amparo, y muchas veces con razón. No porque haya mala fe, sino porque no hay reglas claras que respalden lo que se hace.

Pero el problema no termina ahí. Resulta igual de preocupante que, en municipios donde sí existen reglamentos, estos terminen siendo letra muerta. Reglamentos mal redactados, desactualizados, copiados de otros municipios o totalmente desconectados de la realidad local. Normas que nadie consulta, que nadie entiende y que, por lo mismo, nadie aplica.

Como suele decirse, una mala ley puede ser peor que no tener ley. Y cuando los reglamentos no reflejan cómo funciona realmente un municipio, lo único que provocan es que se gobierne al margen de ellos.

En estados como Puebla, por ejemplo, llama la atención que solo la capital cuente con un Código Reglamentario Municipal integral. Es difícil pensar que el resto de los municipios no necesiten reglas claras, ordenadas y adaptadas a su realidad cotidiana.

La reglamentación municipal no es un asunto técnico reservado a especialistas. Es una herramienta básica para dar certeza, ordenar procesos y proteger tanto a la autoridad como al ciudadano. Un buen reglamento no complica la vida: la hace más clara.

Gobernar también es poner reglas comprensibles y aplicables. Porque cuando no hay reglas, o cuando las que existen no sirven, gobernar deja de ser una tarea institucional y se convierte en improvisación. Y la improvisación, tarde o temprano, siempre termina pasando factura.

martes, 30 de diciembre de 2025

Entropía - Termina el año: empieza la política



Por: Alexis Manuel Da Costa

Ya se acaba el año. Y aunque diciembre suele invitar más al recuento personal que al análisis público, en política no hay meses “neutros”. Mientras uno baja el ritmo, otros ya están midiendo tiempos, nombres y territorios.

Antes de seguir, les digo: gracias. A quienes leen esta columna, a quienes la discuten, a quienes la critican y a quienes incluso se molestan con ella. Eso confirma algo que recuerdo haber escuchado hace tiempo y que con los años se vuelve evidente: la política solo existe cuando se conversa, no cuando se monologa.

Este 2025 fue un año de transición. De esos que parecen tranquilos, pero en los que se acomodan piezas importantes. Decisiones que hoy pasan desapercibidas y que mañana van a pesar. Movimientos silenciosos, alianzas discretas, proyectos que empiezan a tomar forma sin reflectores. Así funciona esto.

Porque aunque todavía no se hable formalmente de campañas, el reloj ya empezó a correr. El próximo año será clave. No por las boletas todavía, sino porque será el año en el que muchos definirán si van, si se quedan, si se mueven o si se bajan. Al final de 2026 ya estaremos hablando con claridad de candidatos y candidatas, y sin darnos cuenta habremos cruzado otra vez al terreno electoral.

Y ahí es donde vale la pena no perder perspectiva. La política no se trata solo de nombres ni de fotos bonitas, sino de entender procesos, tiempos y responsabilidades. De no confundir popularidad con capacidad ni ruido con trabajo. Algo que, por cierto, nunca está de más recordar.

Decía un viejo profesor que en política lo más importante casi nunca se anuncia, simplemente ocurre. Y este cierre de año es justo eso: el momento previo a que empiecen a ocurrir muchas cosas.

Por aquí seguiremos, observando, escribiendo y diciendo lo que toque decir. Con calma, con memoria y con los pies bien puestos en la tierra. Se viene un año movido, interesante y decisivo. Y lo iremos platicando, como siempre, columna a columna.

martes, 18 de noviembre de 2025

Entropía - Ahora sí… empieza lo bueno


Por: Alexis Manuel Da Costa

Diciembre siempre da la impresión de ser un mes ajeno a la política. La gente está ocupada en lo suyo: el aguinaldo, las compras, las posadas del trabajo, los pendientes que quedaron del año, la familia. Nadie tiene tiempo ni cabeza para pensar en elecciones. Y eso es precisamente lo que vuelve a diciembre tan particular.

Porque mientras la atención pública se dispersa, empiezan a aparecer señales que, a simple vista, parecen normales: una posada más grande de lo habitual, una entrega de cobijas por aquí, una visita a una colonia que llevaba meses sin ver a nadie, la piñata que llega con un logo, los aguinaldos regalados por algún grupo.

Quien solo vive diciembre lo ve como parte de la temporada.

Quien analiza política sabe que esto es el arranque silencioso.

Alguna vez, en mis años universitarios, escuché a un profesor decir que “la política se mueve cuando nadie la está mirando”. En aquel tiempo la frase me sonó exagerada. Hoy la veo desplegarse cada final de año.

Diciembre no es importante por lo que se dice, sino por lo que se empieza a notar si uno pone atención.

La presencia, la intención, la constancia.

El político que llevaba meses sin aparecer y de pronto llega a la posada de la colonia.

El que entrega cobijas donde antes solo pasaba desapercibido.

El que siempre ignoraba ciertos eventos y ahora se asoma “por convivencia”.

No es que la gente piense en votos; simplemente observa. Y aunque no lo razone, sí genera una impresión. Las decisiones del futuro se empiezan a moldear en estos pequeños momentos que nadie comenta, pero que todos registran sin querer.

Y es aquí donde diciembre se vuelve una especie de punto de partida.

No porque marque definiciones, sino porque marca ritmos.

Recuerdo haber leído a Gramsci en una ocasión, y subrayé una línea que hoy tomo con más peso: “La política es previsión.”

Y diciembre es pura previsión.

El que no empieza aquí, llega tarde a enero.

Y el que llega tarde a enero, rara vez logra construir un año sólido.

El 2026 será el año que ordene nombres, proyectos y posibilidades.

Eso es inevitable.

Pero quien no inicie este mes con presencia real, con trabajo discreto, con constancia, seguramente llegará al próximo año con el pie atrás.

No se trata de hacer escándalo ni de aparecer en cada foto; se trata de estar.

De mantenerse.

De no abandonar la cercanía que se supone que se busca.

Las dirigencias, los liderazgos locales y hasta los ciudadanos captan esos movimientos sin necesidad de discursos.

A diciembre nadie lo usa para tomar decisiones… pero diciembre sí influye en las decisiones que se tomarán después.

Por eso me parece un error pensar que este mes “no importa”.

Quizá no para la agenda pública, pero sí para las intenciones.

Para el ritmo.

Para la sensación que quedará al iniciar el 2026.

Y es ahí donde está la clave: quien no empieza en diciembre llega tarde a enero.

Y quien no llega firme a enero, difícilmente cruza septiembre con posibilidades reales.

Por eso diciembre, tan discreto, tan cotidiano, termina siendo el primer filtro.

No define candidaturas, pero sí define quién será tomado en serio cuando empiece la verdadera conversación.

Y lo digo con la claridad que da observar estos ciclos una y otra vez: el futuro político del año que viene ya comenzó… solo que comenzó sin avisar.

miércoles, 16 de julio de 2025

Entropía - Vale la pena vivir aquí



Por: Alexis Manuel da Costa Yáñez

Mientras escribía el capítulo ocho de un libro que pronto saldrá a la luz —Tratado de la Esperanza— me encontré con una frase que no pude soltar: gobernar es lograr que la gente sienta que vale la pena vivir aquí. La anoté casi sin pensar, pero con el paso de los días me di cuenta de que, en el fondo, ahí estaba todo. Todo lo que quiero decir. Todo lo que creo.

Y es que a veces la política se olvida de hacerse esa pregunta. O peor aún, las responde sola, sin escuchar a nadie. Se hacen planes, presupuestos, evaluaciones, pero ¿alguien realmente se detiene a preguntar si la gente siente que vivir en su calle, en su colonia, en su municipio, en su estado o en su país, vale la pena?

Yo creo que esa debería ser la primera pregunta antes de cualquier decisión pública. Porque si no vale la pena vivir aquí —si lo que domina es la inseguridad, el abandono, la falta de oportunidades o la indiferencia— entonces todo lo demás es solo maquillaje.

Y no hablo de grandes discursos ni de ideas bonitas. Hablo de lo cotidiano. De lo que se respira en el ambiente. ¿Siento que puedo caminar con tranquilidad? ¿Que mis hijos tendrán una buena escuela cerca de casa? ¿Que si estoy enfermo habrá una clínica que me atienda con respeto? ¿Que no me voy a quedar solo si algo malo me pasa?

Muchos jóvenes hoy no sueñan con construir una vida en su ciudad. No porque no quieran, sino porque sienten que ese municipio, estado o país no los ve. Que no les ofrece nada. Que tienen que irse lejos para tener un poco de paz, un poco de dignidad. Y eso duele. Porque uno no debería tener que huir para poder vivir.

Entonces me pregunto: ¿por qué hay lugares donde sí parece valer la pena vivir? ¿Qué hacen distinto? La respuesta no siempre está en las grandes obras ni en las cifras espectaculares. A veces es simplemente que allá hay gobiernos que escuchan, que acompañan, que están cerca. Que entienden las costumbres de su gente, que respetan su forma de vida, que hacen sentir a la comunidad que su voz importa.

Gobernar bien no es solo administrar. Es mirar a los ojos. Es saber que detrás de cada decisión hay personas que sienten, que esperan, que confían. Y también que se cansan. Que se hartan. Que se van.

Yo creo que todo gobernante debería, de vez en cuando, salir de su oficina, sentarse en una banca o en una fonda, y simplemente escuchar. Escuchar de verdad. Porque ahí, en esa conversación sencilla, se encuentra la respuesta a la pregunta más importante: ¿vale la pena vivir aquí?

Y si la respuesta es no, entonces hay que actuar. Pero no desde la arrogancia ni desde el cálculo político. Hay que actuar desde el compromiso real de transformar la vida cotidiana de la gente. De hacerla más segura, más digna, más justa.

La esperanza no se impone. Se construye. Se cuida. Se contagia. Y cuando un pueblo empieza a sentir que vale la pena vivir donde está, todo cambia. La confianza vuelve. Las ganas de participar regresan. La comunidad se fortalece.

Esa es, para mí, la meta de cualquier política que valga la pena. No llenar informes, no ganar likes, no presumir logros. Sino lograr, poco a poco, que cada vez más personas puedan decir, con el corazón tranquilo: sí, vale la pena vivir aquí.


martes, 24 de junio de 2025

Entropía - Las Juntas Auxiliares: donde el desarrollo se contagia



Por: Alexis Manuel Da Costa

El verdadero desarrollo no empieza en las oficinas del gobierno ni en los grandes planes estratégicos. Comienza en las calles sin pavimentar, en la faena vecinal, en la voluntad de ponerse de acuerdo. Y si hay un lugar donde esa voluntad todavía respira con fuerza, es en nuestras juntas auxiliares.

Esos lugares son cédulas vivas del gobierno, sí, pero sobre todo espacios entrañables donde la comunidad aún se respira, se huele y se escucha. Hay una especie de magia discreta en estos pueblos: en las plazas que cada domingo acogen las risas de los niños, los pasos pausados de los adultos mayores y los saludos cruzados entre vecinos que, aunque no se vean a diario, siguen conociéndose por nombre.

A veces, cuando hablo de desarrollo comunitario, algunos me miran como si estuviera repitiendo una fórmula vieja, gastada, académica. Pero es todo lo contrario. El desarrollo, cuando es de verdad, es profundamente humano. No es una gráfica ni una tabla Excel; es un parque rehabilitado con el material que donó alguien, es un camino que se empareja entre todos, es una capilla remozada con cooperación y fe.

Y ahí está lo más sorprendente: incluso en juntas auxiliares grandes, de esas que uno pensaría que ya perdieron el alma de pueblo, la comunión vecinal se mantiene viva. Uno lo nota en los detalles: en la forma en que se organizan para celebrar las fiestas patronales, en la manera casi espontánea en que surgen los comités de obra, en ese esfuerzo compartido que parece decir: “Aquí, entre todos, sacamos adelante lo nuestro”.

Como decía Elinor Ostrom, Premio Nobel y pionera en el estudio de la gestión comunitaria: “Los bienes comunes pueden gestionarse de manera sostenible por las comunidades que los usan, sin necesidad de privatizarlos ni depender del Estado central.” En nuestras juntas auxiliares, eso es evidente: los caminos, los parques, las festividades… todo es de todos, y por eso se cuida.

Me ha tocado recorrer comunidades en donde basta ver el trazo limpio de las calles, las fachadas cuidadas, los jardines de las escuelas, y no falta quien dice: “Aquí hay dinero”. Y sí, tal vez haya más recursos que en otros lados. Pero también —y muchas veces sobre todo— hay organización, hay visión colectiva, hay liderazgo comunitario. En esos lugares se entiende, casi de forma natural, que cuando el pueblo camina junto, se camina más lejos. Como si el orden, el desarrollo y la prosperidad fueran cosas que se contagian.

Y es que lo son.

Como decía Alexis de Tocqueville, ese francés que vino a estudiar la democracia en América: “La salud de una sociedad se mide por la calidad de las funciones que realizan sus ciudadanos.”

Y cuando una comunidad se da cuenta de que puede vivir mejor, de que puede tener una cancha bien iluminada, una calle sin baches, una fiesta digna o una escuela pintada, empieza a exigirlo, pero también empieza a trabajarlo. Y ese cambio de mentalidad es poderoso. Lo he visto prender como chispa en las juntas auxiliares: primero uno, luego dos, luego tres… y de pronto, ya hay un comité vecinal gestionando, otro organizando, otro más juntando la cooperación. Y cuando eso pasa, créanme, ya no hay vuelta atrás.

Este tipo de desarrollo se siembra y se riega con confianza, con participación y con algo que en estos tiempos parece escaso: sentido de pertenencia.

John Dewey lo decía bien claro: “La democracia comienza en casa, en el vecindario, en las relaciones cotidianas.”

Por eso siempre lo he dicho si queremos un mejor país, tenemos que volver la mirada a nuestras juntas auxiliares.

Ahí está la respuesta.

Ahí, entre la señora que vende memelas en la esquina, el joven que ayuda a empedrar los caminos, y el padre de familia que organiza rifas para pintar la primaria.

Porque al final, el desarrollo comunitario no es otra cosa que el reflejo de lo que somos capaces de construir cuando dejamos de esperar y empezamos a hacer. Cuando entendemos que nadie va a venir a resolvernos lo que nosotros mismos podemos transformar. Y eso —esa convicción silenciosa, cotidiana, profunda— sigue viva en muchas juntas auxiliares. Nos toca no solo reconocerla, sino fortalecerla. Porque ahí, en lo local, en lo cercano, en lo que parece pequeño, es donde empiezan los cambios que realmente importan.



martes, 13 de mayo de 2025

Entropía - La guerra fría electoral



Por: Alexis Manuel Da Costa

Faltan más de dos años para las elecciones de 2027.

Pero la guerra ya empezó.

No hay campañas. No hay registro de candidatos. No hay efervescencia formal.

Y sin embargo, la clase política ya se destripa.

Desde hace meses, esto se convirtió en un campo minado. Cada quien cava su trinchera mientras apunta al adversario… o al aliado incómodo.

No hay reglas. No hay pudor. No hay pausas.

Todo se vale.

Perfiles falsos. Páginas anónimas. Bots con identidad robada. Campañas negras disfrazadas de opinión. El ataque es constante. El objetivo: destrozar reputaciones antes de que puedan competir.

Ya no se trata de ganar una elección. Se trata de eliminar al otro antes de que siquiera aparezca en la boleta.

Y todos participan.

Suspirantes con poder real. Otros con sólo ganas.

Todos contra todos.

El ciudadano mira. Confundido. Hastiado. Incapaz de distinguir entre la verdad y la propaganda.

La política ha dejado de ser una arena de ideas. Hoy es una jungla digital donde sobrevive el que difama más rápido.

Las estructuras se han convertido en maquinarias de lodo.

Y lo más grave: todavía ni empieza el proceso electoral.

¿Qué pasará cuando empiece la contienda formal?

Si hoy se dispara sin reglas, sin árbitros y sin consecuencias… ¿qué podemos esperar cuando haya poder real en juego?

La institucionalidad se desgasta. La democracia se devalúa. La política se vuelve inservible.

Y la sociedad, en medio del fuego cruzado, pierde la capacidad de confiar.

Aún faltan más de 700 días…

¿Será que para cuando llegue 2027 ya no quede nada por destruir?



martes, 22 de abril de 2025

Entropía - El adiós del Papa Francisco ¿termina la era progresista?


Por: Alexis Manuel Da Costa

El 21 de abril de 2025, el Papa Francisco falleció a los 88 años en el Vaticano. Con él termina una etapa que marcó un cambio en la Iglesia Católica. Su pontificado fue uno de los más progresistas de la historia: habló de inclusión, de abrirle las puertas a la comunidad LGBT, de tener una mirada más comprensiva hacia los divorciados y hasta pidió perdón por los abusos del pasado. Para muchos, representó un aire fresco en una institución conocida por su rigidez.

Pero esa apertura también generó resistencia. Muchos dentro y fuera de la Iglesia sintieron que Francisco había llevado las cosas demasiado lejos, rompiendo tradiciones que eran vistas como pilares de la fe católica. Y ahora que ya no está, surge una pregunta clave: ¿Quién tomará el timón?

Los nombres que suenan como posibles sucesores dividen aguas. Algunos, como Matteo Zuppi, seguirían el camino de Francisco. Pero otros, como el cardenal Robert Sarah, representan un claro regreso a posiciones más conservadoras, incluso opuestas a las reformas de estos años.

Y no es solo un tema religioso. La elección del próximo Papa puede ser el símbolo de algo más grande: el regreso del conservadurismo a la agenda política global.

Porque si algo hemos visto en los últimos años es cómo la llamada “cultura woke” —esa tendencia de defender causas sociales con mucha fuerza, a veces hasta con exceso— ha empezado a generar rechazo en distintos sectores.

Miremos algunos casos. Bud Light, una de las cervezas más vendidas en Estados Unidos, perdió millones en ventas después de hacer una campaña con una influencer trans. Muchos consumidores lo vieron como una provocación y respondieron con boicots. La empresa tuvo que dar marcha atrás y aún no logra recuperarse del todo.

Disney también enfrentó problemas. En su intento por ser más inclusivo, cambió personajes clásicos y forzó ciertos mensajes en películas y series. El resultado: caídas en taquilla, críticas por parte del público y despidos masivos dentro de la empresa. El problema no fue la inclusión en sí, sino que muchos espectadores sintieron que les querían imponer una ideología.

Netflix vio cómo series con discursos muy marcados perdían audiencia. Producciones como “Dear White People” o las últimas temporadas de “The Witcher” fueron criticadas no por el tema que trataban, sino por priorizar el mensaje político sobre la historia o la calidad narrativa.

Incluso en el deporte hubo conflictos. Equipos de hockey en la NHL se negaron a usar camisetas con mensajes LGBT por considerar que eso politizaba un espacio que debía ser neutral. Algunos jugadores fueron cancelados por expresar su opinión contraria, lo que alimentó todavía más el rechazo general.

Todo esto ha llevado a que muchas personas —incluso aquellas que apoyaban ciertas causas sociales— empiecen a desconfiar de los movimientos progresistas. Porque cuando se fuerza demasiado el discurso, se pierde la conexión con la mayoría.

Y es justo en este contexto sucede el lamentable fallecimiento del Papa Francisco. Su pontificado fue una excepción en una época donde el progresismo está retrocediendo. En la política mundial, figuras como Trump, en EUA. Milei en Argentina o Meloni en Italia han crecido justamente por criticar lo que ven como excesos ideológicos. Y ahora, la Iglesia también podría dar un paso atrás.

Si el próximo Papa es conservador, podríamos estar viendo el cierre definitivo de un ciclo progresista que dominó la agenda durante más de una década. La estocada final, dada desde el mismísimo Vaticano.

La elección no solo marcará el futuro de la Iglesia. También será una señal para el mundo: ¿seguimos por el camino de la apertura, o volvemos a cerrar filas con la tradición?

Porque aunque muchos creían que el futuro era progresista, la realidad está mostrando algo distinto. Y como siempre, la historia sigue escribiéndose… desde el poder.

martes, 1 de abril de 2025

Entropía - La oposición desaparecida: ¿Dónde quedó el contrapeso?




Por: Alexis Da Costa

Hablar de oposición política en México es adentrarse en un terreno incierto. Más que una fuerza que equilibre el poder, parece una sombra difusa que se desvanece cuando más se le necesita. Su fragilidad no es solo producto de coyunturas recientes, sino de una crisis estructural que ha ido profundizándose con el tiempo, al punto de poner en duda su propia existencia como un actor relevante dentro del sistema democrático.

Los partidos que alguna vez representaron una alternativa real han perdido el rumbo. El Partido Acción Nacional (PAN), que en su momento desafió la hegemonía priista y logró encabezar gobiernos federales, hoy parece más preocupado por su propia supervivencia que por liderar un contrapeso efectivo. Su discurso se ha vuelto errático, sus figuras políticas carecen de un liderazgo sólido, y su capacidad de movilización social se ha visto mermada.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI), que por décadas encarnó el poder absoluto en México, atraviesa su crisis más profunda. De ser el pilar del sistema político, ha pasado a ser un actor irrelevante, fragmentado y desacreditado por escándalos de corrupción y una identidad política que ya no conecta con el electorado. Su descenso no solo es reflejo del desgaste natural del poder, sino también de su incapacidad para reinventarse y responder a las exigencias de un país que ya no tolera las viejas prácticas políticas.

El Partido de la Revolución Democrática (PRD), que alguna vez representó la voz de la izquierda disidente, es hoy un vestigio de su propia historia. Su declive ha sido más que evidente: sin una base electoral sólida, sin liderazgo y sin una narrativa que lo haga relevante, su desaparición parece cuestión de tiempo.

En este contexto, Movimiento Ciudadano (MC) emergía como una posible alternativa, pero en lugar de consolidarse como una opción seria, ha optado por una estrategia ambigua. Se presenta como una tercera vía, diferenciándose de los bloques tradicionales, pero su discurso no logra trascender la retórica y convertirse en un proyecto de nación sólido. Si bien ha capitalizado parte del desencanto ciudadano, su crecimiento sigue siendo más circunstancial que estructural.

La ausencia de una oposición fuerte y organizada no es solo un problema partidista, sino un desafío para la democracia misma. Sin voces críticas capaces de cuestionar el ejercicio del poder, el debate público se empobrece, las decisiones gubernamentales se toman sin una deliberación genuina y el riesgo de que el sistema político se vuelva un monólogo permanente se vuelve más real.

El papel de la oposición no se limita a señalar errores o a oponerse por inercia. Su función esencial es construir alternativas viables, generar debate y representar a aquellos sectores de la sociedad que no se sienten identificados con el gobierno en turno. Para ello, necesita más que consignas y alianzas electorales circunstanciales; requiere visión de futuro, liderazgo sólido y propuestas concretas que vayan más allá de la simple resistencia al poder.

El reto, entonces, no es solo para los partidos políticos, sino para la ciudadanía en general. Un país sin oposición efectiva es un país sin equilibrio, sin contrapesos y sin la posibilidad real de corregir el rumbo cuando sea necesario. México no puede conformarse con una simulación de oposición. Necesita liderazgos que incomoden, que propongan, que desafíen, pero sobre todo, que entiendan que la política no es solo un juego de supervivencia electoral, sino una responsabilidad con el presente y el futuro del país.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Entropía - El día de los muertos políticos


Por: Alexis Manuel Da Costa 

El Día de Muertos, una tradición ancestral y profundamente enraizada en nuestra cultura, nos recuerda cada año que la muerte es solo una parte más del ciclo de la vida. Las ofrendas en los altares, las flores de cempasúchil y las velas encendidas en honor de aquellos que ya no están físicamente, nos enseñan que la muerte verdadera ocurre solo cuando no queda nadie que nos recuerde, que hable de nosotros, que mantenga vivo nuestro nombre y nuestras historias. 

 

Desde las obras de grandes escritores hasta las producciones cinematográficas animadas que rinden homenaje a esta tradición, se transmite la idea de que, mientras alguien nos recuerde, seguimos de algún modo vivos. Solo muere quien se ha desvanecido de la memoria colectiva.

 

En política, esta premisa también es cierta, aunque se viva de forma distinta. Solo están muertos quienes ya no tienen seguidores, quienes no resuenan en las conversaciones, quienes se desvanecen en el tiempo sin que nadie hable de ellos. Aquellos a los que, poco a poco, se les apaga la memoria pública, y las hazañas, promesas o logros que alguna vez llevaron como estandarte, pierden brillo y relevancia. 

 

Sin embargo, la política también nos ofrece sus propias paradojas, y una de las más conocidas es que, a diferencia de la vida misma, nos dice el dicho que “en política nadie está muerto”. 

 

El poder y el interés parecen revivir lo que parecía sepultado, y muchas veces proyectos e ideas resurgen con nueva fuerza. Pero el reto está en quienes logran mantenerse vivos en los márgenes, aquellos que encuentran maneras de sobrevivir en la penumbra, que se renuevan desde las sombras, esperando el momento propicio para volver a aparecer.

 

Para muchos políticos, sobre todo aquellos que enfrentaron la derrota en las elecciones del pasado 02 de junio, esta es una realidad palpable. Se retiran a un segundo plano, su nombre ya no figura en las primeras planas, y sus proyectos quedan en el aire. Pero eso no significa que estén muertos políticamente. 

 

De hecho, el olvido temporal puede ser una estrategia. 

 

Entre aquellos que se han sumido en el silencio, algunos han aprendido a mantenerse relevantes en la oscuridad, a renovar sus ideas en las esquinas olvidadas de los pueblos, en los diálogos de la plazas y en los momentos menos esperados pueden resurgir con fuerza, mostrando que el eterno retorno es inevitable y solo queda apresurarlo para algunos y atrasarlo para otros.

 

Depende de la habilidad de los victoriosos la permanencia en la cima. Se debe prevenir que las nuevas administraciones, en su momento de victoria y brillo, pueden terminar deslumbrados por las luces de los reflectores sin ver lo que ocurre en la oscuridad.

 

La historia muestra que, a menudo, aquellos olvidados encuentran formas de resucitar con más poder. Es la rueda de la fortuna, el eterno retorno, el ciclo político que gira sin cesar, y que permite que los derrotados de hoy se conviertan en los contendientes de mañana. 

 

Como mencionaba, no podemos parar a la rueda, indudablemente llegará el cambio, pero con las acciones correctas podemos atrasar su giro y aprovechar el momento. 

 

La prudencia y la estrategia son cualidades esenciales, la planificación adecuada, la capacidad de escuchar a quienes parecen olvidados y el entendimiento de que en política todo es un ciclo, pueden marcar la diferencia entre un liderazgo que se mantiene vigente y uno que sucumbe.

Mientras la rueda gira solo nos queda poner los altares, cubrirnos de las luces y desempolvar los binoculares para lograr ver en la oscuridad. 

 

jueves, 24 de octubre de 2024

Entropía - El Eterno Retorno de las Administraciones Municipales.

 


Por: Alexis Manuel Da Costa

“Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser. Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente corre el año del ser. Todo se rompe, todo se recompone; eternamente la misma casa del ser se reconstruye a sí misma. Todo se despide, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí el anillo del ser.”

 

Así como Nietzsche describe el ciclo eterno del ser, en el ámbito político, la llegada de una nueva administración municipal es también un eterno retorno. Los cambios de gobierno no son más que manifestaciones de esta rueda que gira sin cesar, donde lo nuevo florece sobre las ruinas de lo que se fue, pero sin escapar completamente de sus sombras. 

 

El inicio de cada administración trae consigo el entusiasmo y la promesa de renovación, pero al mismo tiempo está marcada por la carga inevitable de los ciclos pasados: lo que fue, en mayor o menor medida, sigue estando presente.

 

El entusiasmo del inicio es como la primera floración después de un largo invierno. Es un momento en el que las expectativas están en su punto más alto, los nuevos liderazgos llegan con la idea de romper con lo anterior y ofrecer algo fresco. Los discursos inaugurales son casi siempre optimistas, llenos de promesas de cambio y progreso. La energía de los primeros días es palpable, y parece que todo es posible. Sin embargo, esta etapa inicial, que podría verse como la fase en la que "todo vuelve a florecer", suele chocar con una realidad más dura: las estructuras burocráticas, los intereses arraigados y los problemas históricos que no desaparecen con el simple cambio de nombres en las oficinas.

 

Nietzsche sugiere que el ser está en un proceso constante de destrucción y reconstrucción, y lo mismo sucede con las administraciones municipales. A pesar del entusiasmo, existe un periodo inevitable de "calentamiento y comprensión". Aquí, los nuevos funcionarios deben familiarizarse con los procedimientos, entender los problemas locales en profundidad y aprender a navegar los complejos laberintos de la administración pública. Esta curva de aprendizaje es crucial, porque de ella depende que la administración pueda ser efectiva en los años venideros. Sin embargo, muchas veces, este periodo de adaptación se ve truncado por la presión de los tiempos políticos. Lo urgente no da espacio a lo importante, y las soluciones de largo plazo se ven relegadas por la necesidad de atender crisis inmediatas.

 

En esta fase, se revela el "anillo del ser" de Nietzsche. A pesar de los esfuerzos por crear algo nuevo, hay una tendencia natural a repetir ciertos patrones, tanto los aciertos como los errores de administraciones pasadas. Las promesas de campaña suelen chocar con las limitaciones presupuestarias, las mismas que enfrentaron quienes estuvieron antes. Las viejas estructuras, aunque a veces invisibles, siguen presentes y, a menudo, determinan el rumbo de las políticas públicas. Aquí es donde Nietzsche nos recuerda que "todo se rompe, todo se recompone", pero lo que se recompone no siempre es algo completamente nuevo, sino una versión modificada de lo anterior.

 

Esto es no sucede forzosamente, sin embargo, siempre se correrá el riesgo.

 

La política municipal, más que cualquier otro nivel de gobierno, está cercana a las necesidades inmediatas de la población. Los habitantes de los municipios no solo exigen resultados rápidos, sino que tienen una memoria viva de las administraciones anteriores. Por ello, los alcaldes y sus equipos tienen ante sí la difícil tarea de gestionar no solo las expectativas del presente, sino también las cicatrices del pasado. Las malas decisiones de una administración pasada no se borran fácilmente, y las buenas decisiones, en ocasiones, tampoco se reconocen con la misma rapidez. Las nuevas administraciones deben enfrentar el reto de no caer en los mismos errores, pero al mismo tiempo se ve obligada a aprender de esos errores para no repetirlos.

 

El "eterno retorno" nietzscheano también nos advierte sobre la inevitable repetición. Así como cada primavera trae consigo el renacimiento de la vida, también trae consigo los mismos desafíos cíclicos: la falta de recursos, las tensiones entre los diferentes sectores de la sociedad, las presiones y las demandas sociales que, en muchos casos, parecen no cambiar. Esta curva de aprendizaje no es solo un proceso técnico, sino también uno profundamente filosófico: implica reconocer que, aunque cada administración es única, los problemas y soluciones que enfrentan están anclados en un ciclo que parece repetirse una y otra vez.

 

Este riesgo de repetición constante plantea una pregunta crucial: ¿cómo puede una administración realmente innovar dentro de un ciclo que parece destinado a repetir lo mismo? Aquí es donde la visión política y la capacidad de liderazgo juegan un papel crucial. Aquellos líderes que comprenden la naturaleza cíclica de los problemas, pero que también se atreven a romper con las inercias negativas, son los que pueden marcar una diferencia. En lugar de caer en el fatalismo de la repetición, deben usar el pasado como una lección, no como un lastre.

 

El concepto de "todo se rompe, todo se recompone" nos recuerda que el cambio es inevitable, pero que no siempre es sinónimo de mejora. A menudo, las administraciones llegan con la promesa de romper con el pasado, pero en ese proceso de ruptura, corren el riesgo de perder lo valioso que había sido construido previamente. La verdadera sabiduría política radica en saber qué romper y qué mantener, en entender que el progreso no siempre significa destruir lo que vino antes, sino construir sobre ello de manera inteligente.

 

El "eterno retorno" nos enfrenta a una verdad incómoda: las administraciones municipales no son entes aislados, sino parte de un flujo constante de cambios y continuidades. Las promesas de campaña, los primeros meses de gestión y las decisiones políticas forman parte de un ciclo mayor, uno en el que el presente siempre está en diálogo con el pasado. Al igual que el anillo del ser nietzscheano, las administraciones municipales deben reconocerse como parte de ese ciclo. Pero también deben tener la valentía de, dentro de esa repetición inevitable, buscar formas de generar verdaderos avances.

 

Así, las nuevas administraciones deben recordar que, aunque todo muere y todo vuelve a florecer, lo importante es cómo enfrentan esa renovación. Si bien es imposible escapar por completo de la rueda del ser, es posible decidir cómo girar dentro de ella. El verdadero reto no está en evitar la repetición, sino en aprender de ella, en construir sobre lo que vino antes y en preparar el terreno para lo que vendrá después. 

 

Cada administración es una manifestación más de este ciclo eterno, pero también una oportunidad para, al menos momentáneamente, dirigir el curso de la historia en una nueva dirección.

 

PD. De igual manera el “eterno retorno” se manifiesta en la vida diaria; el efecto rueda de la fortuna siempre será una constante.

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