Por: Alexis Manuel Da Costa
Hay temas de los que uno tiene que hablar con pincitas y no porque sean intocables, ni porque uno tenga miedo de decir lo que piensa, sino porque basta que digas una palabra de más para que inmediatamente alguien te quiera acomodar en una esquina.
“A favor”.
“En contra”.
“Chairo”.
“Fifí”.
Y ya ni siquiera importa lo que dijiste. Importa en qué cajita decidieron meterte.
Los programas sociales son uno de esos temas.
Y antes de que alguien se me adelante, déjenme decirlo: no, no estoy diciendo que sean clientelismo.
No.
Estoy hablando del efecto que tienen.
Hace unos días estaba haciendo unas cuentas chinas sobre lo que ingresa a un municipio recordando otra columna que escribí hace tiempo.
Me puse a pensar en los adultos mayores de Texmelucan.
Entre 2010 y 2020, nuestra población de personas de 65 años o más pasó de alrededor de 8 mil 220 a poco más de 12 mil 690.
Más de 4 mil 400 personas en una década.
Si esa tendencia más o menos se mantiene, hoy podríamos estar hablando de unos 15 mil 300 adultos mayores.
Ahí fue cuando hice otra cuenta.
La pensión es de 6 mil 400 pesos cada dos meses.
Multipliquen conmigo.
15 mil 300 personas por 6 mil 400 pesos.
Son casi 98 millones de pesos cada dos meses.
Casi 100 millones.
Y sí, ya sé.
Antes de que me digan que no todos reciben el programa, vamos a hacer una cuenta mucho más conservadora.
Supongamos 12 mil beneficiarios.
Son 76.8 millones de pesos cada dos meses.
Más de 38 millones de pesos al mes.
Treinta y ocho millones.
Y aquí es donde a mí se me empezó a hacer interesante el asunto.
Porque esos 38 millones no desaparecen.
No se quedan guardados en una oficina.
No se evaporan.
La señora recibe su dinero y va al mercado.
El señor compra en la tienda.
Alguien paga una consulta.
Otro ayuda a su hijo.
Alguien compra unos zapatos para el nieto.
Otro completa para el gas.
Y así, de poquito en poquito, el dinero empieza a caminar por las calles de nuestro municipio.
Eso también es política pública.
Y eso también genera una percepción.
Alguna vez leí una frase de Milton Friedman que siempre me ha parecido bastante incómoda: “nadie gasta el dinero de otro con tanto cuidado como gasta el suyo propio”.
Y cuando el dinero llega directamente a una persona, deja de ser una cifra en un presupuesto.
Se vuelve algo que toca su vida.
Ahora súmenle las becas.
Los apoyos para mujeres.
Los distintos programas que llegan a otros sectores de la población.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no es solamente cuánto recibe un adulto mayor.
La pregunta es:
¿Cuánto dinero está entrando cada mes a un municipio como Texmelucan a través de todos estos programas?
No tengo la cifra exacta.
Pero incluso con una cuenta conservadora, estamos hablando de muchísimo dinero, al menos decenas de millones de pesos al mes
Y no necesitas decirle a una persona:
“Acúerdate de quién te dio el dinero”.
La persona ya lo sabe.
No necesitas ponerle un espectacular enfrente.
La transferencia llega a su cuenta.
No necesitas explicarle que el gobierno hizo algo por ella.
Ella lo vivió.
Y eso, nos guste o no, tiene un peso político enorme.
Porque la política está hecha de memoria.
De recuerdos.
De experiencias.
José Saramago decía: “Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos”.
Y en una elección la memoria pesa mucho más de lo que los políticos creen.
¿Quién estuvo?
¿Quién ayudó?
¿Quién cumplió?
¿Quién apareció?
¿Quién no apareció?
Son preguntas que probablemente una persona no se hace todos los días, pero que pueden aparecer cuando tiene una boleta enfrente.
Por eso me parece demasiado fácil decir que los programas sociales son simplemente “clientelismo” y cerrar ahí la conversación.
Porque incluso si aceptamos que nadie está condicionando un apoyo a cambio de un voto, hay algo que no podemos negar:
Un gobierno que consigue que una persona relacione una política pública con una mejora concreta en su vida está construyendo una relación.
Y esa relación también tiene consecuencias políticas.
Morena entendió eso.
Y sería un error no reconocerlo.
No necesariamente porque alguien obligue a votar por Morena.
No creo que las cosas sean tan sencillas.
Más bien porque existe una frase que, aunque parezca muy pequeña, puede tener muchísimo peso:
“Con este gobierno yo recibo esto”.
Eso es lo que algunos deberían estar escuchando.
Mientras unos empiezan a hablar de candidaturas, alianzas, encuestas, grupos políticos y estructuras electorales, hay millones de mexicanos que simplemente están viviendo su día a día.
Y cada dos meses reciben un dinero que ya forma parte de su vida.
Entonces viene la pregunta incómoda.
¿Qué va a hacer la oposición frente a eso?
Porque decir que los programas sociales están mal no parece una estrategia demasiado inteligente.
La gente no quiere que le quiten algo que ya tiene.
Y decir “nosotros también los vamos a mantener” tampoco parece suficiente.
La gente preguntará por qué no se hizo antes.
Entonces, ¿qué sigue?
Ahí está el verdadero reto.
Competir contra Morena en 2027 no solamente va a significar competir contra un partido.
También va a significar competir contra una experiencia que millones de personas ya tienen.
Y eso se combate entendiendo por qué esa política pública funciona para quien la recibe y ofreciendo algo que haga sentido para quien hoy no ve una alternativa.
Creemos que una campaña empieza cuando aparecen los espectaculares.
Yo no estoy tan seguro.
Una campaña puede empezar mucho antes.
Puede empezar el día en que un gobierno consigue que una persona diga:
“Esto me ayudó”.
Y ahí está la verdadera fuerza de los programas sociales.
No en que alguien te pida el voto a cambio de ellos.
Sino en que quizá, cuando llegue el momento de votar, nadie tenga que recordarte nada.
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