martes, 25 de agosto de 2026

Entropía - Las elecciones en tiempos de ChatGPT


Por: Alexis Manuel Da Costa

Cuando se acercan las elecciones hay algo que se repite constantemente: aparecen periodistas de todos lados, nuevas páginas, nuevas opiniones y nuevos medios de comunicación.

Es un fenómeno que ha ocurrido durante años, pero nunca con la intensidad de los últimos tiempos.

De pronto aparecen perfiles que nadie conocía, páginas que nacen de la nada y cuentas que comienzan a publicar información “exclusiva” sobre determinados personajes políticos.

El anonimato se convirtió en una herramienta bastante cómoda: páginas que nadie sabe quién las administra, noticias que nadie sabe quién publica y opiniones sin rostro ni firma.

El perfil que no tiene una sola fotografía real.

La cuenta que solamente aparece para atacar a alguien, lanzar un rumor o asegurar que determinado candidato “ya está acabado”.

Y uno se pregunta: ¿quién está detrás?

Porque si alguien tiene algo que decir, ¿por qué esconderse?

Desde el anonimato se puede atacar, desprestigiar, inventar rumores y lanzar campañas negras sin que nadie tenga que hacerse responsable de lo que está diciendo.

El problema está en que antes una nota falsa, por lo menos, estaba escrita por alguien. Había que saber redactar, imitar el estilo de un “comentócrata” y construir una historia que pareciera creíble.

Hoy basta con descargar ChatGPT y pedirle que escriba una columna, que fabrique una noticia o que genere una fotografía.

Puedes imitar voces.

Puedes generar videos falsos.

Puedes hacer que una persona diga algo que nunca dijo.

Puedes construir una imagen de un político en un lugar donde jamás estuvo.

Y todo eso puede circular en cuestión de minutos, acompañado de cientos de comentarios y compartido por personas que ni siquiera se tomaron el tiempo de verificarlo.

Todas estas herramientas tecnológicas volverán las elecciones de 2027 en unas de las más sucias de la historia.

No necesariamente porque los candidatos y candidatas sean más complicados.

Sino porque será cada vez más difícil distinguir entre lo que ocurrió y lo que alguien fabricó para que pareciera que ocurrió.

Durante años nos dijeron que la tecnología democratizaría la información.

Y sí, lo hizo.

Pero también democratizó la mentira.

Ahora cualquiera puede convertirse en editor, columnista, fotógrafo, productor de video o supuesto reportero sin tener que responder ante nadie.

Y aquí es donde volverá a cobrar el nombre y el apellido.

Podrás estar a favor o en contra de lo que escribe un columnista.

Podrás acusar que existe favoritismo de un opinólogo hacia algún personaje.

Podrás pensar que su análisis está equivocado o que sus intereses están demasiado claros.

Pero, al menos, sabrás quién emitió esa opinión.

En una semana, en un mes o en un año podrás preguntarle por qué escribió aquello.

Podrás recordarle lo que dijo.

Podrás confrontarlo con sus propias palabras.

Independientemente de que tenga razón o se equivoque, existe una responsabilidad cuando alguien firma lo que publica.

Una opinión firmada puede ser cuestionada, debatida y confrontada.

Una opinión anónima simplemente se esconde.

El periodista puede equivocarse.

Yo puedo equivocarme.

Cualquiera puede hacerlo.

Pero nuestro nombre y apellido están ahí.

Estamos apenas en la antesala de 2027.

En las próximas elecciones no solamente vamos a tener candidatos.

Vamos a tener ejércitos digitales.

Páginas anónimas.

Campañas negras.

Supuestas filtraciones.

Audios.

Videos.

Fotografías.

Encuestas.

Columnas.

Y probablemente muchas cosas que jamás ocurrieron.

Por eso creo que el periodismo que vale la pena no será necesariamente el que tenga más seguidores, ni el que publique primero, ni el que tenga el titular más escandaloso.

Será el que tenga nombre y apellido.

Y no digo que se trate de creerle automáticamente a todo aquel que firma.

Firmar no convierte a nadie en dueño de la verdad.

Pero sí permite saber quién está dispuesto a hacerse responsable de lo que dice.

Las elecciones de 2027 no solamente se van a disputar en las urnas.

También se van a disputar en nuestros teléfonos.

Y ahí, entre una verdad, una mentira y una inteligencia artificial capaz de fabricar cualquiera de las dos, nos va a tocar a nosotros decidir a quién creerle.

Quizá, por primera vez en mucho tiempo, tendremos que volver a hacer algo bastante sencillo: ver quién firma.

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