martes, 16 de junio de 2026

Entropía - De la cancha a la plaza.



Por: Alexis Manuel Da Costa

Hay quienes ven el fútbol como una distracción colectiva. Noventa minutos de evasión para olvidarnos de los problemas reales. Pero basta con poner atención para descubrir que ocurre exactamente lo contrario.

Porque el fútbol nunca ha sido solamente fútbol.

Ahora que el Mundial vuelve a poner a México en el centro de la conversación, millones de personas se reunirán en casas, bares, plazas y restaurantes. Habrá camisetas, banderas y discusiones interminables sobre alineaciones. Pero debajo de esa superficie sucede algo más interesante: se construye comunidad.

El fútbol es uno de los pocos espacios que todavía reúne a personas distintas alrededor de una misma mesa. El comerciante y el profesionista. El joven y el jubilado. El vecino que piensa diferente y el amigo que votó por otro partido. Todos terminan comentando la misma jugada.

Y mientras se habla del penal no marcado o del fuera de lugar, también aparecen otros temas. El precio de la gasolina. La falta de agua en la colonia. La inseguridad. El empleo. La escuela de los hijos. Sin darse cuenta, la conversación cambia de cancha y se traslada a la vida cotidiana.

Las comunidades no nacen de decretos ni de discursos. Nacen de los espacios compartidos. De la confianza que se construye con el tiempo. De las personas que siempre organizan la reta, consiguen la televisión para ver el partido o reúnen a los vecinos para una carne asada. Ahí surgen liderazgos. Ahí aparecen los que convocan, los que median, los que terminan convirtiéndose en referentes naturales de una comunidad.

Quizá por eso el fútbol tiene algo de ritual. No porque el balón sea sagrado, sino porque nos recuerda que seguimos perteneciendo a algo más grande que nosotros mismos.

En tiempos donde cada quien vive encerrado en sus pantallas y las diferencias parecen irreconciliables, el fútbol sigue produciendo algo extraordinario: personas que se reúnen.

Y tal vez esa sea la verdadera victoria.

Porque antes de formar una nación, se forman barrios. Antes de construir ciudadanía, se construyen conversaciones. Y antes de cualquier proyecto colectivo, alguien tiene que juntar a la gente.

A veces, basta un balón para lograrlo.

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