A casi 100 años del magnicidio de Obregón, a los que queremos servir nos deja enseñanzas.
Por: Horacio Cano Vargas
Desde los 22 años he tenido la oportunidad de ser servidor público. Un buen amigo, que empieza una aventura en el servicio público, me preguntó: ¿Qué libros me recomiendas? Qué difícil recomendar una bibliografía. Le pedí tiempo, avisándole que le mandaría recomendaciones conforme las fuera pensando.
Más allá de la bibliografía, creo que se necesitan tres cosas: Pasión, compromiso y preparación; pero también mucha cautela y cuidarse de los locos. Pasión por lo que se hace, porque está de más decirlo: cuando a uno le gusta lo que hace, lo hace mejor. Compromiso, porque no siempre todo será de bajadita; de hecho, casi siempre será más bien de subidita. Y preparación para poder enfrentar cualquier reto, siempre novedoso y generalmente inesperado.
Dije cautela, pero sobre todo cuidarse de los locos. Para ejemplificar mi punto haré referencia a uno de los episodios más trágicos de la historia de México: la muerte de Álvaro Obregón a manos de José de León Toral.
Hace 98 años, después de haberse reformado la Constitución para permitir la reelección no consecutiva, tras su mandato de 1920 a 1924 volvió a competir en la elección de 1928 y resultó electo. Con ello se reivindicaba como la figura más fuerte de la Revolución Mexicana.
Un 17 de julio de 1928 decidió ir al restaurante La Bombilla. Ahí lo esperaba León Toral, quien se hizo pasar por caricaturista. Al terminar de hacer “su trabajo”, León disparó en seis ocasiones contra Obregón. Lo que pasó después, además de lo probado por la autopsia, en la que se encontraron heridas producidas por diferentes calibres de bala, sigue siendo motivo de debate entre los historiadores.
Obregón estaba reelecto. Era el hombre más poderoso de México. El heredero de la Revolución. Estaba listo para iniciar su segundo periodo presidencial. Era la consolidación de todo su poder. Pero bastó con que alguien disparara para que, como ocurrió, todos se aseguraran de que estuviera muerto. Nadie se atrevía a increparlo, a enfrentarlo, hasta que un loco lo hizo.
El gran error de Obregón, claro, lo digo hoy a toro pasado, fue minimizar el enfrentamiento con la Iglesia católica que, si bien Plutarco Elías Calles había profundizado en 1926 con la llamada Ley Calles, Obregón terminó asumiendo en un contexto de enorme encono que dividió a los mexicanos.
Hubo mucho heroísmo, sí, pero también mucha sangre derramada, sobre todo de civiles. Y en el caso que narro, la de un presidente electo.
Pero existen muchos casos documentados, incluso de menores de edad fusilados por causa de sus creencias. Ahí tenemos a José Sánchez del Río, martirizado en Sahuayo, Michoacán, por no renunciar a la fe católica, cuando apenas tenía 14 años, en febrero de 1928. Qué cosas. Unos meses antes de que Obregón fuera asesinado en la Ciudad de México. Hoy se le considera mártir y fue canonizado por el papa Francisco en 2016. En fin.
Dejar heridos en el camino, vicios ocultos en la trayectoria, es uno de los grandes errores de los políticos. Las decisiones tomadas generan agravios y envidias que pueden o no provocar situaciones adversas en el futuro. Lo complicado viene cuando, con alevosía y ventaja, afectas a una persona minimizando los efectos que pueda tener y, sobre todo, la locura de esa persona.
A veces solamente hace falta un loco para que todos tus adversarios se atrevan a disparar. Por eso, quizá además de pasión, compromiso y preparación, hay que recordar que al servicio público se viene precisamente a eso: a servir. Sin importar quién tengas enfrente. Amigo o no. Más vale intentar hacer el bien que enredarse en vendettas infinitas. Estoy cierto de que, a pesar de las calamidades del día a día, ello traerá mejores dividendos que vivir en una actitud de sospecha constante.
Apunte al aire
Más allá de las vendettas personales, que muchos y muchas andan gritando a los cuatro vientos, o de andar enojados con los logros que en verdad mejoran nuestra comunidad, en Texmelucan, digan lo que digan, la inversión en infraestructura es mucha.
En este espacio hemos dicho que no basta con ejecutar la obra correspondiente al presupuesto que se tiene; vaya, incluso puede ser delito no hacerlo. No tienen de otra los alcaldes. El verdadero reto está en la gestión. Un alcalde, sin duda, es el gran gestor de un municipio. Como representantes ante instancias administrativas, los presidentes municipales deben hacerlo. Lo interesante es el éxito que puedan tener.
La noticia de las inversiones del gobierno federal en Texmelucan, mismas que darán movilidad a muchos Texmeluquenses sin trastocar los usos y costumbres del tianguis más grande de Latinoamérica, es de esas cosas de las que poco se habla o poco se reconoce. Muchos lo habían intentado sin éxito. Otros seguían tocando las puertas equivocadas. Qué gusto por Texmelucan que esa inversión y, sobre todo, esa voluntad política, le esté sucediendo a esa ciudad.
Para cualquier comentario puedes contactarme en mis redes sociales; en X donde me puedes encontrar como @HoracioCanoV; en Facebook como Horacio Cano o en Instagram como @horaciocanoabogado
No hay comentarios:
Publicar un comentario