martes, 27 de enero de 2026

Entropía - Gobernar sin miedo al cambio



Por: Alexis Manuel Da Costa

Hay momentos en la vida pública que dicen más de un gobernante que mil discursos. Uno de ellos es cuando decide corregir, ajustar, mover piezas. No por capricho, sino por convicción.

Recuerdo leer en mis años universitarios —cuando uno todavía creía que la administración pública era solo teoría— que gobernar no es aferrarse, sino conducir. Y conducir implica saber cuándo acelerar, cuándo frenar y, sobre todo, cuándo cambiar de ruta. Esa idea me volvió a la cabeza al ver los recientes movimientos en el gabinete del gobernador de Puebla, Alejandro Armenta.

Como todos saben, se han dado ya algunos cambios importantes: secretarías como Finanzas y Medio Ambiente, subsecretarías y otras posiciones clave. Y lejos de verlo como un signo de inestabilidad, a mí me parece todo lo contrario. Me parece un acto de coherencia con el perfil del propio gobernador: un administrador público, maestro en gestión pública, alguien que entiende que el gobierno es un organismo vivo, no una fotografía fija.

Como decía el buen Peter Drucker, “lo más peligroso en tiempos de cambio es actuar con la lógica de ayer”. Y eso es justo lo que muchos gobiernos hacen: prefieren no mover nada por miedo a la crítica, por temor a que los ajustes se interpreten como errores o debilidad. Se aferran a estructuras que no funcionan del todo, con tal de sostener una narrativa de estabilidad.

Hay incluso quienes optan por amarrarle las manos a sus funcionarios, limitar sus decisiones, reducir su margen de acción, antes que reconocer que el perfil no era el adecuado o que el área necesita otro enfoque. Todo con tal de no “verse mal”.

Pero gobernar no es cuidar apariencias. Gobernar es tomar decisiones.

En tiempos como los que vivimos —complejos, acelerados, con una ciudadanía cada vez más exigente— la mano del mandatario no debe temblar. Se deben hacer los ajustes que sean necesarios, aun cuando eso implique cambiar secretarías completas o replantear áreas enteras. No hacerlo, eso sí, es condenar al gobierno a la inercia.

Por eso, vale la pena decirlo con claridad: no es común ver a un gobernador que entienda el cambio como una herramienta y no como una amenaza. Que asuma el costo político de ajustar, de mover, de corregir, con tal de que el gobierno funcione mejor. Eso habla de carácter, pero también de oficio.

Gobernar no es aferrarse a las sillas, es responderle a la gente. Y cuando los ajustes se hacen pensando en resultados y no en aplausos, el mensaje es claro: Puebla tiene un gobierno que se evalúa a sí mismo y no le tiembla la mano cuando toca decidir.

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