Por: Alexis Manuel Da Costa
Recurrentemente se escucha esta frase con una naturalidad que a veces no nos percatamos:
“Pregúntale a él, él sabe”.
No dice quién es. No hace falta.
Todos saben de quién están hablando.
Puede ser el señor de la tienda, una maestra, el comerciante, el entrenador de la cancha, alguien que lleva veinte años viviendo en la misma calle o simplemente aquella persona que, por alguna razón, terminó convirtiéndose en referencia para los demás.
Y aquí empieza una parte de la política de la que pocas veces hablamos.
Porque estamos demasiado acostumbrados a pensar que el poder comienza cuando alguien recibe un nombramiento, gana una elección o se sienta detrás de un escritorio.
Y no necesariamente.
Hay personas que nunca han aparecido en una boleta y que, sin embargo, cuando tienen algo que decir, los demás escuchan.
No porque tengan un cargo.
Porque tienen algo más difícil de conseguir: credibilidad.
Eso es lo interesante del liderazgo comunitario.
No se entrega en una toma de protesta.
No viene acompañado de una credencial.
No se puede imprimir en una lona.
Se construye con el tiempo.
Conocer a la gente, estar cuando hay problemas, cumplir lo que se promete, saber cómo funciona una comunidad y, sobre todo, tener una historia que los demás puedan reconocer.
Por eso, cuando llega un problema verdaderamente importante, la gente no siempre pregunta quién es el presidente, el regidor o el funcionario responsable.
Muchas veces pregunta:
“¿Quién sabe cómo resolver esto?”
Y la respuesta puede estar muy lejos de una oficina de gobierno.
Esto no significa que las instituciones no importen. Por supuesto que importan. Para eso existen los gobiernos, las leyes y los cargos públicos.
Pero una cosa es tener autoridad legal y otra tener autoridad social.
Max Weber estudió precisamente las distintas formas en que una persona puede ejercer autoridad y, aunque la política moderna ha convertido los cargos en la manera más visible de ejercerla, nuestras comunidades siguen produciendo otra clase de liderazgo: el que nace del reconocimiento de los demás.
Y ese reconocimiento no se decreta.
Se gana.
Por eso me parece que este tema cobra especial importancia cuando comienzan a moverse las piezas políticas.
Vendrán las reuniones, los recorridos, las fotografías, los mensajes, los equipos y las campañas.
Pero antes de todo eso ya existe una comunidad.
Y esa comunidad ya tiene sus propias conversaciones.
Ya sabe quién escucha.
Quién cumple.
Quién ayuda.
Quién aparece solamente cuando necesita algo.
Quién conoce los problemas de la colonia, de la junta auxiliar o de la comunidad.
Y también sabe quién solamente llega a pedir el voto.
Ahí está una de las grandes diferencias entre hacer política y entender la política.
Un candidato puede llegar con una estructura perfectamente organizada y encontrarse con que, antes de él, ya existen personas que tienen la confianza de la gente.
Y no hablo solamente de líderes políticos.
Hablo de la señora que organiza a sus vecinos cuando falta agua. Del maestro al que los padres buscan cuando tienen un problema con la escuela. Del comerciante que conoce a media comunidad. Del entrenador que lleva años trabajando con jóvenes. Del vecino que siempre termina resolviendo aquello que nadie más quiso atender.
Ellos también forman parte de la vida política de una comunidad.
Aunque no aparezcan en los organigramas.
Aunque nadie los haya nombrado.
Aunque jamás hayan ocupado un cargo.
Y quizá por eso, cuando hablamos de las próximas elecciones, deberíamos mirar un poco más allá de los nombres que aparecen en las fotografías.
Porque una cosa es preguntar quién quiere gobernar y otra, muy distinta, preguntar a quién está dispuesta a escuchar la gente.
Son dos preguntas diferentes.
Y en política, esa diferencia puede ser enorme.
El poder formal tiene fecha de inicio y fecha de término.
El liderazgo, cuando realmente existe, puede sobrevivir a una elección, a un gobierno y hasta a una generación.
Por eso sigo creyendo que el poder no siempre empieza cuando alguien gana.
A veces empieza mucho antes.
Cuando en una calle, en una tienda, en una cancha o en una reunión cualquiera alguien pregunta:
“¿Y tú qué dices?”
Y todos guardan silencio para escuchar la respuesta.
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