La lealtad sin carácter no sirve, se vuelve complicidad en el poder.
Por: Horacio Cano
Hablamos de ego y de vocación al servicio en algunas entregas pasadas. Estas semanas me encontré con un personaje que luchó con su ego y, sin duda, tenía una gran vocación de servicio. Su nombre: Tomás Becket. Estuvo dispuesto no solo a perder el puesto, sino la vida, con tal de defender lo correcto.
La historia, sin duda, es maestra de la vida. Lo decía Cicerón. Yo se lo digo a mis hijos para que puedan tener interés en estudiarla: siempre es más atractivo aquello a lo que le puedes encontrar sentido en el día a día, que quedarnos con lo abstracta que puede parecer algo que pasó hace mucho en un país lejano. Para quienes nos gusta la política —tanto que la desayunamos, comemos y cenamos—, leer sobre personajes que marcaron la diferencia en el mundo siempre es inspirador.
¿Qué puede tener en común un personaje del siglo XII con cualquiera de nosotros? Pues mucho, creo. Nos puede servir de guía, de ejemplo.
La vida pública de Becket nos hace reflexionar sobre el papel de los asesores o del grupo cercano a quienes tienen una responsabilidad importante, ya sea en lo público o en lo privado. Desde un presidente municipal, un senador, diputados, CEO de una empresa local o transnacional, gobernadores o los mismísimos presidentes de cualquier país. Hoy quizá ya no pensamos en reyes; pocos ejercen potestades de jefe de gobierno donde constantemente se toman decisiones.
Tomás fue canciller del rey Enrique II, pero más que eso, fue su “consigliere”. Tanta confianza le tuvo que incluso envió a su hijo a formarse con él. El gran rompimiento sucedió cuando lo nombró arzobispo de Canterbury y Tomás distinguió la lealtad de la complicidad. Becket sintió el llamado a la justicia y al deber de dirigir una Iglesia local sin atender los caprichos de Enrique II. En el momento en que fue ordenado arzobispo, si bien impulsado por el rey, entendió que su deber —y la forma de honrar esa confianza— era hacer las cosas correctamente, aunque fuera en contra de los deseos del monarca.
A pesar de que sus caballeros mataron a Becket, la sombra del arzobispo de Canterbury —que había sido hombre de su confianza— persiguió a Enrique II por muchos años. Vaya, el Papa Alejandro III lo canonizó menos de tres años después de que lo mataran en la catedral de Canterbury.
En un mundo donde abundan “Enriques” que buscan caballeros que cumplan sus caprichos, a los que llamo “el club de los muppets”: seres sin voluntad, que parecen asentir cualquier ocurrencia del Enrique en turno. Para ellos, no perder el favor está por encima de cualquier encargo, incluso de los dados por la ciudadanía. Fueron esos “muppets” quienes hicieron mártir a Tomás y le pusieron una espada en la cabeza. Irónicamente, esa imagen —con la espada atravesando su cabeza— forma parte de la iconografía de Santo Tomás Becket. Hoy su imagen está en muchas iglesias, tanto católicas como anglicanas, en todo el Reino Unido.
Podría entender a los asesores que temen decir la verdad a quien los contrata; el riesgo de morir políticamente en el intento es alto. Muchas veces, los “Enriques” en el poder no esperan ser asesorados, sino que alguien valide y legitime sus decisiones, a quieren a “los muppets del poder” pues. ¿Cuántos alcaldes, gobernadores o presidentes son capaces de escuchar una verdad sin “matar”, políticamente, a quien se las dice?
Becket entendió que su lealtad al Rey era, paradójicamente, decirle que no. El verdadero consultor es aquel que tiene la capacidad de incomodar para proteger al líder de su propia soberbia.
Apunte al aire
Hablando de asesores, a veces no los entiendo. Ayer veía a un senador que grabó un video cantando. Mi amigo, el periodista Mundo Velázquez decía: “¿para eso quería el Senado?”. Vaya, que cante o no, bien o mal, quién soy yo para juzgarlo. Pero como muchos subordinados de nuestros políticos, seguro alguien le dijo: “lo importante es dar de qué hablar jefe”.
Creo que cuando se tiene una responsabilidad tan grande como ser senador de la República, no puedes ni debes andar jugando a construir una personalidad “divertida”. Hay políticos que naturalmente son un personaje —ahí está el caso de Nuevo León—, cuya forma de comunicar responde a su identidad. El problema no es el estilo, es la impostura. Cuando el asesor empuja a un político a ser lo que no es, el resultado es la caricatura.
A quienes tienen o buscan un cargo de elección popular: no tienen que ser a fuerza divertidos, cantar o bailar, o ser los más carismáticos. Si lo fuerzan, pueden caer mal. Si sus asesores no les dicen algo, evalúen si realmente son asesores… o solo subordinados.
Sean auténticos, ahí está la clave. No se fíen de quien solo les dice: “qué bien lo hiciste” o “qué bien te ves”. De repente parece que los políticos quieren ser influencers… y por ahí no va
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