martes, 24 de febrero de 2026

Entropía - México no necesita más mitos criminales.




Por: Alexis Manuel Da Costa

El domingo amanecimos con una noticia que, inevitablemente, iba a sacudir la conversación: en un operativo fue abatido Nemesio Oseguera, “El Mencho”.

Y mientras los noticieros hacían lo suyo —imágenes, mapas, cronologías, análisis de gabinete— yo no podía dejar de pensar en algo más simple y más incómodo: cuánto tiempo tarda este país en convertir a un criminal en personaje.

Porque esa es casi una tradición no escrita. Nos pasó con Pablo Escobar. Nos pasó con Joaquín “El Chapo” Guzmán. Y ya empezaba a insinuarse de nuevo esa tentación peligrosa de narrar al capo como si fuera protagonista de novela épica.

De niño mis héroes no eran figuras cívicas de bronce. Eran Batman, Superman, los X-Men. Capas, poderes, dilemas existenciales. Pero incluso ahí había una línea clara: el héroe protegía; el villano, aunque carismático, destruía.

Esa línea hoy parece desdibujarse con demasiada facilidad.

Carlos Fuentes decía que México es un país que se cuenta a sí mismo a través de sus mitos. El problema es cuando elegimos mal nuestros mitos. Porque entonces dejamos de narrarnos como sociedad que construye y empezamos a narrarnos como sociedad que admira la transgresión por la transgresión misma.

Nos fascina el que desafía al sistema. El que acumula poder. El que “le ganó” al Estado durante años. Y lo decimos casi con tono de guion cinematográfico, como si estuviéramos evaluando al antagonista más interesante de la temporada.

Ahí está la trampa.

Una cosa es analizar el fenómeno del crimen organizado con frialdad. Otra muy distinta es envolverlo en una épica barata. Porque detrás del personaje siempre hay algo que no cabe en el corrido ni en la serie: comunidades sometidas, miedo normalizado, vidas rotas que no aparecen en el tráiler.

Recuerdo a Hannah Arendt hablando de la banalidad del mal, de cómo el verdadero peligro no es el monstruo evidente, sino el momento en que el daño deja de escandalizarnos. Cuando empezamos a hablar del capo con más curiosidad que indignación. Cuando su nombre genera más morbo que reflexión.

Y aquí viene la parte incómoda: no es culpa de una canción. No es culpa de una plataforma. No es culpa exclusiva del Estado. Es más fácil señalar afuera que revisar lo que celebramos.

Porque sí, podemos decir que no admiramos criminales. Pero luego repetimos la narrativa del “salió de abajo”, del “era muy inteligente”, del “tenía visión”. Como si el talento borrara la violencia. Como si la estrategia limpiara la sangre.

No se trata de santidad. Se trata de claridad.

Un criminal puede ser astuto.

Puede ser disciplinado.

Puede haber construido una estructura compleja.

Nada de eso lo convierte en héroe.

El héroe —incluso en los cómics que veíamos de niños— tenía límites. Tenía una causa que protegía a otros. El villano, por más sofisticado que fuera, estaba dispuesto a destruir con tal de imponerse.

Confundir eso en la vida real no es ingenuidad; es una forma peligrosa de romanticismo.

Y no, no estoy diciendo que debamos fingir que estos personajes no existieron. Existen y han marcado una etapa brutal del país. Pero contarlos como si fueran leyendas admirables es otra cosa. Eso ya no es análisis, es construcción de mito.

Octavio Paz advertía que las sociedades terminan pareciéndose a las imágenes que cultivan de sí mismas. Si cultivamos la imagen del poder sin escrúpulos como símbolo de éxito, no nos sorprendamos después de que alguien más quiera imitarlo.

Lo del domingo es un episodio de seguridad. Lo que viene después es una prueba cultural.

Podemos analizar, debatir, cuestionar estrategias. Eso es sano. Lo que no deberíamos hacer —otra vez— es convertir al delincuente en personaje fascinante, en figura casi trágica, en símbolo de rebeldía mal entendida.

Porque al final del día, por más narrativa que le pongamos encima, un criminal no es un héroe.

Y si perdemos esa diferencia básica, no será por culpa de la ficción. Será porque decidimos contar mal nuestra propia historia.


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