Por: Alexis Manuel Da Costa
Participación ciudadana: Siempre que se habla de ella, la explicación va en una sola dirección: que sirve para empoderar a la gente, para que el gobierno escuche, para legitimar decisiones, para acercar a las autoridades con los ciudadanos.
Y sí.
Todo eso es cierto.
Pero creo que hay otra conversación que vale la pena tener, porque la participación ciudadana no solamente le hace bien a la gente. También le hace mucho bien a quien gobierna.
En un gobierno, la gente no solamente puede ser beneficiaria de las decisiones. También puede convertirse en parte de la conversación que explica esas decisiones.
Se transforma en una válvula de alivio.
Porque hay algo que cualquier persona que haya estado cerca de un gobierno termina entendiendo tarde o temprano: siempre habrá alguien inconforme.
Y eso no necesariamente es malo.
De hecho, creo que es sano e incluso natural.
Siempre habrá quien diga que las calles están mal, que no hay suficiente seguridad, que el agua no alcanza, que el evento estuvo mal organizado, que se gastó demasiado o que se gastó poco, que faltó esto y que sobró aquello.
Y qué bueno, la crítica abona.
El problema comienza cuando toda esa inconformidad encuentra como único espacio una publicación de Facebook, un grupo de WhatsApp o una cadena de rumores donde cada quien agrega algo hasta que una situación termina pareciendo diez veces más grave de lo que realmente es.
Ahí es donde la participación ciudadana puede convertirse en una válvula.
Pensemos, por ejemplo, en la seguridad.
Un vecino puede estar genuinamente convencido de que en su colonia hay un problema de inseguridad porque ha visto robos, porque conoce a una persona a la que asaltaron o porque en el grupo de WhatsApp todos los días aparece algún reporte.
Su percepción es válida.
Pero después ese mismo vecino entra a un Consejo Ciudadano de Seguridad y empieza a sentarse con policías, autoridades, especialistas y otros ciudadanos.
Entonces comienza a conocer cosas que desde afuera no se ven.
Que un municipio no tiene todas las facultades que la gente cree.
Que hay delitos que corresponden a otras autoridades.
Que una patrulla no puede estar en cada esquina.
Que hay investigaciones que toman tiempo.
Que existen colonias donde los índices realmente bajaron aunque la percepción no lo haya hecho.
Que otras veces sucede exactamente al revés: la percepción es menor que el problema.
Y algo cambia.
No necesariamente deja de criticar.
Y qué bueno que no.
Lo que cambia es la calidad de su crítica.
Ya no habla solamente desde la frustración o del desconocimiento.
Ahora habla también desde el conocimiento.
Y ese ciudadano, cuando sale de una reunión, no necesariamente se convierte en defensor del gobierno.
Se convierte en alguien que puede explicarle a su vecino por qué una cosa sí se puede hacer, otra tarda, otra no depende del municipio y otra, sencillamente, todavía no tiene solución.
Eso es una válvula de escape.
Y porque se calle a la gente.
Precisamente por lo contrario: porque se le deja hablar, pero también se le deja entrar.
John Dewey decía que la democracia “más que una forma de gobierno”; era una forma de vida compartida.
Y esa podría ser una de las cosas que más olvidamos cuando hablamos de política.
Gobernar no es solamente anunciar.
También es explicar.
Y explicar no significa que el gobierno hable más fuerte.
Significa que haya más personas que lo entendieron y ahora son capaces de explicar ellos lo que está pasando.
Ahí es donde aparece la otra ventaja.
El escudo contra la “comentocracia”.
Cabe aclarar que no estoy hablando de desaparecer las opiniones.
Al contrario.
La democracia está llena de ellas.
El problema es cuando hemos confundido opinar con saber.
Hoy cualquiera puede opinar de seguridad, de cultura, de obra pública, de movilidad, de presupuesto o de medio ambiente con la misma seguridad con la que opina del partido de futbol del domingo.
Y una publicación bien escrita, un video indignado o una frase ingeniosa así se haya generado con IA, pueden convertirse en verdad antes de que alguien se tome la molestia de revisar el expediente.
A eso yo le llamaría la “comentocracia”.
No porque toda opinión sea equivocada.
Sino porque muchas veces se opina con una velocidad que la realidad no puede seguir.
Por ejemplo, imaginemos un gobierno que quiere organizar un evento cultural.
Antes de anunciarlo ya aparecieron los comentarios.
“Eso no es de aquí”.
“Eso es una costumbre de otro lugar”.
“Mejor deberían gastar el dinero en otra cosa”.
“Quién les dijo que esto representa nuestra cultura”.
Y entonces el gobierno tiene tres caminos.
Puede salir a pelearse con todos en Facebook.
Puede ignorarlos y hacer lo que piensan correcto.
O puede hacer algo mucho más inteligente: preguntarle primero a la gente que sabe.
Un Consejo Ciudadano de Cultura donde estén artistas locales, promotores, historiadores, gestores culturales, profesores, personas que conocen las tradiciones del municipio y gente que realmente ha trabajado en el tema.
No para que le aplaudan, sino para que le digan qué está bien y qué está mal.
Qué tiene sentido.
Qué no.
Qué puede ofender.
Qué vale la pena conservar.
Qué vale la pena recuperar.
Qué puede enriquecerse.
Entonces sucede algo muy interesante.
El gobierno deja de ser la única voz explicando la decisión.
Y eso, políticamente, vale muchísimo.
Porque puede que alguien no le crea al presidente municipal.
Pero sí le crea a su vecino.
Puede que alguien dude de un comunicado oficial.
Pero escuche a la maestra de la escuela de su hijo.
Puede que alguien piense que el gobierno está inventando una justificación.
Pero tenga más confianza en el artista que conoce desde hace veinte años.
Ese ciudadano no necesita ser funcionario para darle legitimidad a una decisión.
Recuerdo en la universidad leer a mi tocayo Tocqueville, quien observó algo que sigue siendo profundamente actual: decía que el “arte de asociarse” es una de las grandes escuelas de la vida democrática.
Lo hemos visto hasta el cansancio: cuando un gobierno tiene que explicar absolutamente todo por sí mismo, cualquier error de comunicación se convierte en un problema político.
Pero cuando existen ciudadanos informados, representativos y verdaderamente involucrados, la explicación ya no depende de una sola voz.
Y eso, para quien gobierna, es un verdadero escudo.
Claro que hay una condición.
Y aquí está la parte incómoda.
Esto solamente funciona cuando la participación es real.
Porque si el gobierno invita a diez personas, les enseña lo que ya decidió, les pide una foto y después presenta el Consejo como “participación ciudadana”, no estamos hablando de participación.
Estamos hablando de decoración.
Y peor aún: de utilizar ciudadanos para que parezcan independientes mientras repiten el discurso oficial.
Ahí el daño es mayor.
Porque entonces el ciudadano no solamente se siente ignorado.
Se siente utilizado.
Los mejores consejos no son los que nunca contradicen al gobierno.
Son los que pueden decirle que está equivocado.
Los que pueden decir: “eso no va a funcionar”.
Los que pueden preguntar cuánto cuesta.
Los que pueden cuestionar el diagnóstico.
Los que pueden pedir información.
Los que incluso pueden salir de una reunión y decir públicamente: “no estoy de acuerdo”.
Curiosamente, esos son los ciudadanos que más le sirven a un gobierno.
Y ahí vuelve a aparecer aquella vieja idea de Dewey: democracia no es solamente la estructura del gobierno, sino la experiencia de vivir y actuar junto con otros.
Por eso cada vez me convenzo más de que la participación ciudadana no debería verse únicamente como una concesión que el gobierno hace a la sociedad.
También es una herramienta de gobierno.
Una muy poderosa.
Gobernar no se trata de conseguir que todos hablen bien de uno.
Eso nunca va a pasar.
Se trata de algo mucho más sencillo: que cuando alguien diga “eso no se puede”, haya alguien que pueda explicar por qué; que cuando alguien diga “eso está mal”, haya alguien que conozca el problema y pueda discutirlo; y que cuando la conversación pública se llene de ruido, todavía existan ciudadanos capaces de distinguir entre lo que parece cierto y lo que realmente lo es.
Al final, quizá el mejor escudo de un gobierno no sea tener menos críticos.
Sea tener más ciudadanos que conozcan la realidad.